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Blog−Revista Cultural. Poetas, poéticas de Medellín y del Mundo

jueves, 17 de abril de 2014

LA LITERATURA COLOMBIANA: UN FRAUDE A LA NACIÓN. Por Gabriel García Márquez.


Una literatura de hombres cansados.





En junio de 1959 se vendieron en dos ciudades de Colombia, y en solo cinco días, 300.000 volúmenes de autores nacionales. La avidez con que el público se precipitó sobre los expendios, sobrepasó los ambiciosos cálculos de los editores que aspiraban a agotar el tiraje más alto que de libros colombianos se había hecho jamás, no en dos ciudades, sino en las capitales más importantes del país y no en cinco días sino en dos semanas.

El lector colombiano, a quien de ordinario se señala como uno de los responsables de nuestro subdesarrollo literario, había respondido de un modo espectacular al más audaz de los experimentos culturales llevados a cabo en Colombia. El balance, en cambio, no es igualmente favorable a los autores.

De las obras que integraban el Primer Festival del Libro Colombiano, ninguna era inédita y ni siquiera la más reciente de ellas se había escrito en los últimos cinco años. Las “Reminiscencias” de J.M. Cordovez  Moure, el libro más antiguo de la colección había sido escrito a partir de 1870. “La hojarasca”, de Gabriel García Márquez, el más reciente había sido escrito en 1954. La selección se había hecho con un criterio tan drástico, que solo uno de los escogidos no podía considerarse como un autor consagrado. De modo que aquellos libros, incluidas las antología de cuento y poesía, y agregando “María” y “La Vorágine”, podían admitirse en líneas generales como una síntesis aceptable de un siglo de literatura colombiana.

Ahora bien: el menos prevenido de los críticos podría observar que ninguno de los autores del Primer Festival del Libro tiene una obra de alcance universal. Germán Arciniegas, el más prolifero y metódico de todos, el único autor colombiano que disfruta de un mercado internacional seguro y también el único que puede definirse como un escritor profesional, no podría considerarse como un creador. Tomas Carrasquilla nuestro esplendido narrador, no alcanzo a estructurar en caso 50 años de nuestro intenso ejercicio literario una obra capaz de defenderse universalmente, no por falta de talento creador, sino por limitaciones de su idioma localista. Ningún autor colombiano, hasta hoy, tiene una obra robusta, que pueda compararse, apenas por ejemplo, a la del venezolano Rómulo Gallegos o a la del chileno Pablo Neruda, o a la del argentino Eduardo Mallea. 

Los festivales del libro, que restablecieron el prestigio del comprador colombiano, resquebrajaron en menos de un año el falso prestigio de la literatura nacional. Es probable que el próximo certamen de esa clase se aplace indefinidamente, mientras se encuentran los libros colombianos para integrar la nueva colección. No hay sin embargo, en la árida llanura de las letras nacionales, un solo indicio de que esos libros aparecerán en los próximos años. Basta ser un lector exigente para comprobar que la historia de la literatura colombiana, desde los tiempos de la Colonia, se reduce a tres o cuatro aciertos individuales a través de una maraña de falsos prestigios. Se suele combatir este argumento con el asfixiante inventario de los libros publicados en Colombia en los tres siglos pasados. Antonio Curcio Altamar, el más honrado contabilista de la novela colombiana, alcanzó a clasificar cerca de 800 novelas aparecidas entre 1670 y 1953, en un país donde la narración no ha sido el género más fecundo. Pero el problema no es de cantidad sino de nivel.

Seis grandes puntos de referencia podrían servir de apoyo para establecer los colosales vacíos  de la literatura colombiana. Desde “El Carnero” de Rodríguez Freyle, hasta “María” de Jorge Isaacs, transcurrieron 200 años y 60 más hasta la aparición de “La Vorágine” de José Eustacio Rivera. Desde la muerte de Hernando Domínguez Camargo en 1669, hubo que esperar 200 años la aparición de Rafael Pombo y José Asunción Silva y otros 60 años la aparición de Porfirio Barba Jacob. Una crítica seria, en un país en el cual solo puede hablarse con justicia de libros sueltos, se habría detenido a esperar en Tomas Carrasquilla, hace 20 años y aun seguiría esperando.  

La reacción más saludable de la poesía colombiana en el presente siglo, fue la irrupción del grupo identificado con la insignia de “Piedra y Cielo”. Ellos tuvieron el mérito colectivo de haber puesto al país, no sin cierta violencia necesaria y no sin cierto retraso, en la onda de la poesía universal. En virtud de aquella subversión, la poesía colombiana salió del carril formal por donde venía rondando y se incorporó con una sensibilidad nueva a una nueva manera de expresión. Pero a 20 años del fogonazo piedracielista, que tuvo un valor más histórico que estético, no parece que el cambio de carriles hubiera conducido a un territorio más fértil.

No hemos sido más afortunados en el campo de la ficción. Hace unos meses, el suplemento literario de “El Tiempo” patrocinó un concurso nacional de cuentos. En el término establecido, 315 trabajos se presentaron a la consideración del jurado. Pero los tres cuentos premiados después de un dispendioso proceso de eliminación, no revelaron al cuentista inédito que se suponía en la provincia remota, asfixiado por el centralismo intelectual. Frente a los cuentos premiados, de una calidad corriente, una pregunta se imponía: “¿Cómo serían los 312 descartados?”.

Por supuesto, era ingenuo aspirar a que un concurso despejara el misterio del cuento nacional. Una de las más completas antologías del género que se han publicado en Colombia – la de Eduardo Pachón Padilla, editada en 1959 por el Ministerio de Educación—reveló que en el país se han escrito algunos cuentos buenos, pero no ha habido un buen cuentista. En realidad, los pocos cuentos buenos no los han escrito los cuentistas; y a la inversa, los cuentistas consagrados no han escrito los mejores.

El caso de la novela se presta a otro curioso examen. Jorge Isaacs solo escribió “María”. Eustaquio Palacios solo escribió “El alférez real”, Eduardo Zalamea Borda, por circunstancias que solo sus lectores diarios y sus amigos podemos entender, escribió “Cuatro años a bordo de mí mismo”, hace ya un cuarto de siglo. En cambio Arturo Suarez escribió 6 novelas y JM Vargas Vila escribió 27. La conclusión podría parecer superficial, pero es perfectamente demostrable: solo los malos novelistas colombianos han escrito más de una novela. De manera que quienes estaban capacitados para estructurar una obra sólida, que contribuyera a enriquecer con valores reales la literatura nacional, se han quedado en la anunciación mientras que el gran torrente novelístico se ha nutrido de la mediocridad.

Sin duda, uno de los factores de nuestro retraso literario, ha sido esa megalomanía nacional – la forma más estéril de conformismo—que nos ha echado a dormir sobre un colchón de laureles que nosotros mismos nos encargamos de inventar. Países latinoamericanos, que tienen de su propia literatura un concepto menos grandilocuente que el que tenemos nosotros tenemos de la nuestra, han alcanzado modestamente la merecida atención del público internacional. Nosotros en cambio seguimos nutriéndonos del sentimiento de superioridad que heredamos de nuestros antepasados por la versión a cinco idiomas de “María”, escrita hace 109 años y por la versión a ocho idiomas, inclusive el chino, de “La Vorágine”, escrita hace 35. Es hora de decir que es absolutamente falso que el mundo esté pendiente de nuestra literatura. El poeta español Gerardo Diego, decía alguna vez en privado: “Los colombianos no han dado un grande escritor; y lo merecían, porque han trabajado mucho”. Acaso hayamos trabajado mucho, ciertamente, pero no por el camino acertado.

Hablando en términos generales, en tres siglos de literatura colombiana no se ha empezado todavía a echar las bases de una tradición; no han surgido ni siquiera los elementos de una crítica valorativa seria, ni comienza a crearse las condiciones para que se produzca entre nosotros el fenómeno del escritor profesional. En Colombia se han ensayado todas las modalidades y tendencias de la novela y la narración. Se han experimentado todos los manierismos poéticos e inclusive buscando de buena fe nuevas formas de expresión.

Pero, aparte de que las modas nos han llegado tarde, parece ser que nuestros escritores han carecido de un autentico sentido de lo nacional, que era sin duda la condición más segura para que sus obras tuvieran una proyección universal. En la segunda mitad del siglo XIX, mientras el hombre colombiano padecía el drama de las guerras civiles, los escritores se habían refugiado en una fortaleza de especulaciones filosóficas y averiguaciones humanísticas. Toda una literatura de entretenimiento, de charrasquillos y juegos de salón prospero en el país, mientras la nación hacia el penoso tránsito hacia el siglo XX. Los costumbristas no se interesaron por el hombre sino en la medida que constituía el elemento más pintoresco del paisaje. En la edad de oro de la poesía colombiana, se escribieron algunos de los mejores poemas europeos  del continente. Pero no se hizo literatura nacional.

Es explicable por tanto que la única explosión literaria de legítimo carácter nacional que hemos tenido en nuestra historia – llamada “novela de la violencia”—haya sido un despertar a la realidad del país literariamente frustrado. Sin una tradición, el primer drama nacional de que éramos conscientes nos sorprendía desarmado. Para que la digestión literaria de la violencia política se cumpliera de un modo total, se requería un conjunto de condiciones culturales preestablecidas, que en el momento crítico hubieran respaldado la urgencia de la expresión artística.

En realidad, Colombia no estaba culturalmente madura para que la tragedia política y social de los últimos años nos dejara algo más que medio centenar de testimonios crudos, como es el caso, y nutriera una manifestación literaria de cierto alcance universal. El esfuerzo universal, el puro trabajo físico, puede producir un escritor esporádico y es de todos modos condición indispensable de la creación, pero ni la sucesión ni la coincidencia de unos cuantos escritores conscientes en tres siglos, pueden producir una autentica literaria nacional. Al parecer, ese es el caso de Colombia.
Incidentalmente, habría que decir en favor de esos buenos escritores eventuales, que su obra es tanto más meritoria en Colombia cuanto que ha sido un trabajo de horas escamoteadas a la urgencia diaria. No existiendo las condiciones para que se produzca el escritor profesional, la creación literaria queda relegada al tiempo que dejen libre las ocupaciones normales. Es, necesariamente una literatura de hombres cansados.

Por el contrario, tal vez la falla principal que podría señalarse a muchos de nuestros escritores, especialmente en los últimos tiempos, es no tener conciencia de las dificultades físicas y mentales del oficio literario. Grandes escritores han confesado que escribir cuesta trabajo, que hay una carpintería del a literatura que es preciso afrontar con valor y hasta con un cierto entusiasmo muscular. La creación literaria solo por decirlo, gráficamente, es un trabajo de hombres.

No es sorprendente que después de la frustrada explosión de “la novela de la violencia”, Colombia haya caído en un estado de catalepsia intelectual. Antes, al menos, había una producción masiva de mala literatura. Hoy no tenemos nada. Puede sospecharse, inclusive que ya no se escriben los sonetos de amor del bachillerato, que parecía ser un signo definido de nuestra nacionalidad. Con una ligereza que no es más que un síntoma de apoltronamiento crítico, se trata de explicar esta extremada pauperización de la literatura colombiana como el resultado de una nueva preocupación colectiva: la tecnificación de la vida. La situación de la pintura en Colombia podría ser una buena réplica.

Los pintores tuvieron la suerte de que Colombia no hubiera sido considerada nunca como un país de pintores. Conscientes de ser los responsables de una función artística nueva, sin estrepitosos antecedentes en el país, los pintores colombianos han empezado por el principio, aprendiendo duramente su arte y su oficio, y ejerciendo al mismo tiempo una vigorosa presión contra el medio. Puede comprobarse que el medio ha empezado a responder.  En la actualidad, contamos con un grupo de pintores que pintan ocho horas al día y que con una admirable conciencia profesional están echando las bases de un movimiento pictórico colombiano de proyecciones internacionales.

No es enteramente casual que este buen viento que sopla al norte de la pintura, haya coincidido con la aparición de una crítica seria e independiente, de una intransigencia necesaria.  Lo más  saludable que podría ocurrirle al a literatura es la aparición de una crítica semejante. Se ha escrito varias veces la historia de la literatura colombiana. Se han intentado numerosos ensayos críticos de autores nacionales, vivos y muertos, y en todo tiempo. Pero en la generalidad de los casos esa labor ha estado interferida por intereses extraños, desde las complacencias de amistad hasta la parcialidad política, y casi siempre distorsionada por un equivocado orgullo patriótico. De otra parte, la intervención clerical en los distintos frentes de la cultura ha hecho de la moral religiosa un factor de tergiversación estética.

La generalidad de los estudios críticos que se escriben en Colombia son eruditos análisis de una obra, de las influencias del autor y hasta de su personalidad psicológica. Sabemos, por esos estudios, que Guillermo Valencia fue un poeta parnasiano, que sus hemistiquios eran perfectos y que abrió una ventana por donde entró el viento modernista a renovar el aire enrarecido del romanticismo. Pero nadie nos ha demostrado, de un modo autorizado y definitivo, si era un poeta bueno o malo, ni por qué fue necesario el posterior y esplendido terrorismo poético de Luis Carlos López. La crítica colombiana ha sido una dispendiosa tarea de clasificación, una labor de ordenamiento histórico, pero solo en casos excepcionales un trabajo de valoración. En tres siglos, aún no se nos ha dicho qué es lo que sirve y qué es lo que no sirve de la literatura colombiana. De este modo, el escritor está obligado a ser responsable solo ante sí mismo.


La literatura colombiana, en conclusión general, ha sido un fraude a la nación.

domingo, 6 de abril de 2014

Una alberca en la luna ¿O una luna en la alberca? Comentario a un libro de Haiku de Raúl Henao



Por Jair Trujillo.



LA POESÍA

“Entre dos palabras
al pasar la página
¡vuela una abeja!”.


Para los que no tienen una mirada panorámica o de conjunto sobre la obra de Raúl Henao, les podría parecer un hecho aislado, el haber publicado un libro de Haiku. Sin embargo, la relación de este autor con la filosofía y poesía oriental, es palpable desde su primer libro, Combate del carnaval y la cuaresma (Editorial Gama, Medellín, 1973). Desde temprano, Raúl establece un vínculo con lo vacío y maravilloso. Es de los pocos autores colombianos que sin renunciar a la tradición occidental, aprovecha muy bien la riqueza de la cultura oriental, estableciendo un interesante diálogo, que desemboca en una obra bicéfala de gran calidad. Del Combate… podríamos citar dos poemas que dan cuenta, grosso modo, de sus intenciones precoces por recoger insumos tanto filosóficos, como poéticos de estas dos culturas. Por una lado está el poema Vacío y maravilloso, donde habla de Lieh Tzu (393 a. de c) filósofo taoísta (quien enseñó el arte de cabalgar el viento) y Wu Tao Tzu, llamado el “príncipe de los pintores” de la dinastía Tang, quien en el poema de Raúl “desapareció por ella [la pintura] dejando el muro tan blanco como antes de haber iniciado su obra”, (así explica una leyenda japonesa la muerte del pintor). El otro poema, este ya concerniente a la cultura occidental, es Lo que las mujeres dicen de la cojera de Dionisos, donde gracias a una frase de Plutarco: – “…las mujeres de Elida llaman a Dionisos para que vaya entre ellas con su pata de toro” –, introduce un sutil humor negro en el que parece creer y dudar al mismo tiempo, del destino de los poetas: “que se nos haya herido en el talón apenas es el pago de la inmortalidad”. Raúl aclara en las Notas del libro, sobre sus intereses por rescatar el mito para la poesía: “La pata de toro de que habla el epígrafe de Plutarco equivale sin lugar a dudas a la cojera, como lo prueba Robert Graves en un significativo y laberíntico capítulo de su libro LA DIOSA BLANCA. Y hacía parte de las numerosas interdicciones y tabúes a que eran sometidos los reyes, héroes y dioses solares en las sociedades arcaicas. Las razones? Bueno, en mi poema creo haber dado una posible respuesta”… la cual, cada uno intentará hallar cuando lea el poema. 

“Para un poeta colombiano el Haiku es amor a primera vista o no es nada”, dice Raúl en un breve texto (lo bueno si es breve, es doblemente bueno), que escribió a propósito de la “Presencia del Haiku en Colombia” (2011), en donde habla de sus primeros acercamientos a este “género” y elabora un listado (haciendo las oportunas salvedades) de los primeros libros editados en el país, y los primeros colombianos que se atrevieron, desde el ejercicio del poema de tres líneas, a contradecir la idea de que, fuera de la cultura oriental es imposible escribir Haiku. Aunque el título se proponga hablar de la presencia del Haiku en Colombia, Raúl se centra en su propia experiencia como colombiano, de cómo llega, tanto a la cultura y filosofía oriental, así como a la escritura propiamente del Haiku. Y esto para los que reclamamos un estudio sobre la obra de Raúl, no constituye propiamente un problema, por el contrario, arroja datos importantes, señala que hay un trabajo de fondo, una mirada amplia sobre su actividad (e incluso la de los demás solitarios escritores del Haiku). En este texto, Raúl nos revela una personalidad, siempre solitaria (en la multitud como decía Baudelaire) y atravesada por viajes, como el que emprendió hacia los EE.UU (1967) tras la huella de los poetas beatniks. Reproduzco a continuación una cita en la que Raúl habla de esos primeros acercamientos al Haiku y a otros temas de oriente:

“Mi afinidad por el Haiku está ligada inicialmente al gusto por los viajes, a las caminatas solitarias y solariegas… Es decir, a mi primera juventud y mis lecturas, cuando por un puro azar, que se confunde siempre con el destino personal, cayera en mis manos aquel inolvidable volumen de la colección poética “El Arco y la Lira” con una selección de los Haiku de Bashȏ y sus discípulos, que no he vuelto a hallar en parte alguna, al punto de llevarme a pensar que su hallazgo fue solo un sueño”. (En alguna parte de Presencia del Haiku en Colombia).

Los beatniks, poetas que no sólo influenciaron la vida y obra de Raúl, sino también la de sus contemporáneos los Nadaístas, le permitieron un contacto con el Budismo Zen, acompañado de una concepción así mismo del mundo y de la vida, contemplativa y dirigida a “corregir la manera distorsionada, enrevesada que tenemos los occidentales de concebir la realidad total y en particular la del mundo que nos rodea”. (Ibíd.). 



Hablemos de algunas publicaciones previas a Una alberca en la luna (El Oso Hormiguero Editor, Medellín, 2014), libro que nos ocupa en este ensayo. En el año 2009, Raúl publica junto a Ron Riddell (1949), poeta neozelandés, el libro Haikús Selectos / Selected Haiku  (Ediciones Fundación Zen, Montaña de silencio), edición bilingüe español-inglés, que se originó –como muchas cosas en la vida de Raúl–, producto del azar, pues Ron Riddell era un poeta que en ese momento estaba de paso por Medellín, contingencia esta no determinante para que no sólo publicara un libro coautorado, sino que también pudiera regalar (heredar) a la ciudad un gran libro intitulado, El Milagro de Medellín (Casa Nueva, Medellín, 2009, 1ra edición), cuyo prologo escribe el mismo Raúl, y que tiene de particular, –además de ser el primer volumen (de poesía) de un poeta neozelandés, publicado en Latinoamérica–, esa mirada distinta de la ciudad, contrastable con el foco puesto por algunos escritores locales, siempre tan dirigido a ver ese lugar como un caos insoportable e irreparable, la ciudad como algo pestilente, desposeído de belleza, o en su defecto, una relación de amor/odio como la de Gonzalo Arango.  Ridell celebra a Medellín, ve en sus alcantarillas, un milagro:

“…Medellín, Oh Medellín, quiero dormir
Con los mendigos en tus calles

Y convertir tus cunetas en almohadas
Y beber las lágrimas de tus pasos.

Quiero comer el festejo del pan seco
En el lecho de tu río de fiesta y fábula

De pobreza y poesía, de bombas y estupor.
Quiero oír de nuevo levantar su himno a las palomas,

Por sobre la algarabía de tus buses espléndidos…
Quiero susurrarles mis canciones amorosas y secretas

Mientras ellas me murmuran en respuesta
Y violan los cerrojos de mi corazón para siempre”.


Volviendo a los  Haikús Selectos / Selected Haiku, podemos ver que se da un interesante ejercicio de intercambio, no sólo poético, sino también intelectual, pero además, y de manera particular, un cruce de traducciones, pues cada autor vierte los poemas del otro, a su propio idioma. En este caso, Raúl tradujo los poemas de Riddell al español, y éste, los de aquel al inglés. Elemento que sin duda, le da un valor agregado al libro, pues mucho se ha discutido sobre que la poesía es intraducible, lo cual, en este caso, tendría la salvedad que la traición (traducción) es efectuada por otro poeta.  La publicación de este libro fue posible gracia al apoyo de “HANA MATSURI”, festival de poesía japonesa que se realiza en Medellín desde el año 2009. Hay que decir que en Colombia, la timidez por el Haiku ha venido menguando, el festival es prueba de ello, no porque la escritura sea posible sólo bajo la tutela de eventos de esta naturaleza, sino porque la presencia de estos programas en la ciudad, habla (aparentemente) de una comunidad de lectores y escritores, además de estudiosos del Haiku. En Colombia, hasta hace muy poco tiempo, se consideraba que escribir Haiku era un ejercicio “exótico” (o una impostura), lo cual ha traído como consecuencia que se publique poco y se escriba menos, o en la marginalidad absoluta. Ejemplo claro es Una alberca en la luna, archivada por más de 20 años y publicada, en parte, sólo hasta el año 2009 en Haikús Selectos / Selected Haiku. 

Una alberca en la luna, publicado en el mes marzo (bajo el signo de piscis), pese a ser un libro producto de un trabajo serio, respaldado por una vida consagrada al cultivo de la poesía, quizá pasará desapercibido por mucho tiempo. Sin embargo, como dice Hans Magnus Enzensberger, la poesía (o el Haiku), “es tal vez el medio de comunicación que cuenta con más productores que consumidores. Miles y miles de personas escriben poesía mientras que hay muy pocos lectores. Es curioso, una paradoja. Es inútil lamentarlo” (La mosca muerta, N. 5. Cuba, 1995, pág. 9). Aquello a lo que se refiere la poesía no es únicamente asunto de los poetas y sus lectores, en ese sentido, como dijo Aldo Pellegrini, es válido escribir para nadie.


La obra de Raúl Henao, al respecto del Haiku, es pequeña pero cuenta con grandes atributos, sabe que lo fundamental es privilegiar la calidad por la cantidad. De cualquier modo, esta obra, junto a la de Umberto Senegal (Presidente de la Asociación Colombiana de Haiku), se configuran en pioneras de la (mínima historia) del Haiku en Colombia. Y es posible que también la de otros, que por mi estrecha información  sobre el tema, tengo que dejar en el olvido. Antes de la publicación total del libro, es decir, antes de Una alberca en la luna, en el año 2002, para ser exactos, y gracias al oficio de la poetisa griega, Zoe Savina, aparecen traducidos (al griego) y publicados, seis haikús de Raúl, en la Anthology of Haiku “The leaves are back in the tree”, editada en Atenas. Y que en la opinión de Umberto Senegal –prologuista de Una alberca en la luna y “autoridad” en el tema en Colombia–, es “una de las más notables antologías mundiales del haiku publicadas en el presente siglo”. Anterior a esta publicación, ahora en su propio continente (año 1993), Raúl aparece en la Antología del Haiku Latinoamericano, editada en Sao Pablo Brasil. Recientemente, casi paralelo a la aparición de Una alberca en la luna, se publican 12 de sus haikús (con traducción al japonés de Hideaki Matsuoka), en el INTERNACIONAL HAIKU MAGAZINE–GINYU. 



Por las mimas circunstancias adversas a la que se enfrenta un poeta independiente en Colombia para publicar su obra (peor si se trata de Haiku), Una alberca en la luna tuvo que salir compartiendo su espacio con El corazón escrito, reseñas y comentarios sobre la vida y obra de Raúl Henao. Es un libro miscelánea, al mejor estilo de El Partido del Diablo, libro que combina Poesía y crítica, editado en Medellín por la editorial Lealón, en el 1989, y que a criterio de algunos, se constituye en uno de los libros más destacados de Raúl. De cualquier manera, Una alberca en la luna ya tiene vida propia, eso es lo importante, como decía Hans Magnus Enzensberger, es inútil lamentar cualquier hecho… ¿No tiene la vida siempre dos caras? Pese a la importancia que pueda tener El corazón escrito, no nos ocuparemos de él en este ensayo, escasamente podríamos decir, por lo pronto, que este contenido resulta ser de vital importancia en la elaboración de un mapa crítico sobre el autor en cuestión. Cuenta con textos de autores locales como internacionales, entre los que se destacan Stefan Baciu (1918−1993), escritor políglota de origen rumano, nacionalizado brasileño, y quien además es conocido por sus estudios y antologías sobre la literatura surrealista Latinoamericana. A nivel local, podríamos destacar a Fernando Garavito, quien a nuestro modo de ver, realiza un excelente comentario. Claro que hay muchos más, Carlos Bedoya por ejemplo, amigo personal de Raúl, y quien aparece en dos ocasiones, en una de ellas hablando de El Partido del Diablo (Stefan  Baciu  consideraba que en los libros y vida de Raúl abundan los demonios… al mejor estilo de otros colombianos como Germán Arciniegas).

Una alberca en la luna, nos interesa en particular porque incorpora la ciudad. Lugar caótico donde nadie se atreve a mirar algo más que lo que le permite su afán de transeúnte. Para los ortodoxos del Haiku, la ciudad no aportaría mayores “maravillas”, sin embargo, Raúl es capaz de traspasar la frontera invisible y penetrar hasta el fondo, evadiendo la negrura de la noche con la luna como linterna.

Pasos al anochecer
En el rastrojo
¡la luna llena!

El rastrojo, el botón de rosas, el árbol con todos sus secretos, hacen parte de las ciudades latinoamericanas. Los ríos corren y el poeta lamenta la ausencia de vida. No obstante, el agua cae en todos los estrados del universo, baila mejor en los bosques, pero Raúl la prefiere encarnada en el asfalto:

En el Metro
la lluvia
¡Descalza!


Raúl habla de esa selva de cemento que es la ciudad, pretende verla como un lugar en el que a pesar de todo, acontecen cosas maravillosas:

Calzada polvorienta.
Cerca del semáforo
el seto de tulipanes.

*

En el pasaje comercial
la risa de los niños
¡Un surtidor!


O qué puede ser más bello que…


El guayacán amarillo.
Cascada de flores
sobre la calzada.


Claro que no es sólo una mirada hipnótica de la ciudad, también hay un cuestionamiento  a las instancias de poder y las instituciones:

Tarde de mayo.
El alcalde se mudó de administración
con las bancas del parque.


La ciudad, como selva que es, tiene sus propias leyes (torcidas):


¡Miseria de la ley!
Vive el policía
a expensas del hampa


Lo hace también con un fino humor negro:


Requisa de la poesía.
¿Olvidé pagar
La entrada al paraíso?


Raúl se obsesiona con algunos temas, por ejemplo la luna, dama  blanca, “más blanda que el agua, el agua blanda”. Podemos empezar por el Haiku que le da título al libro:


La luna es la alberca
O ¿es una alberca
en la luna?

 
La luna se vuelve parte de la cotidianidad, de la vida, la luz se vuelve una celebración permanente:

¡Luna llena!
Mudaron la noche
de mi habitación.

*

Juega el gato
con el carrete de hilo
de la luna

*
Luna de octubre
Mi trigueña
es un trigal


Lo que nos proponíamos en este ensayo era, fundamentalmente,  poner de relieve que el Haiku en la obra de Raúl Henao no es algo aislado, algo que venga por añadidura, accesorio… como en la mayoría de los “haiyines” colombianos, según dice Umberto Senegal en el prólogo: “¿Cuántos, de quienes en Colombia han escrito haiku por curiosidad  literaria, por afinidades estéticas con la forma poética, o por atrapar en su brevedad la virtud reveladora de la síntesis, continúan fieles a dicha expresión zen del mundo y la poesía? No creo que pasen de diez”. Según Senegal, en Colombia esta docena de poetas saben hablar en silencio, porque  “para ellos el haiku es la poesía cuya revelación sucede más allá del desfile de versos y la profusión de estrofas”.

Una alberca en la luna no es una simple aventura por el mundo del Haiku, un intento por incursionar en otros “géneros”, por el contrario, es un trabajo acabado, suma de tiempo (de horas en blanco). Umberto Senegal nos aclara (en el prólogo) que “la experiencia poética de Raúl Henao, dentro del Haiku, se produce en Colombia sin el más leve ruido, sin altisonancias, a pesar de construir con su trabajo constante en el género un diáfano universo literario de tendencia espiritual, incluso de manera natural en un mundo poético formal e ideológicamente definido. En este libro [Una alberca en la luna], hay presencia cultural e investigativa, junto a preciosos destellos de intuición y sensibilidad”.

Por último, quisiera hacer una pequeña referencia a la autora de la carátula del libro, Gloria Hincapié, poeta y collagista de Medellín, quien ha publicado, entre otros libros, Frida Kahlo o un hilo de luna (a propósito de la dama blanca). Gloria sabe que su collage, pre-destinado a embellecer la puerta del cielo (¿o el infierno?), “Llenará sus horas en blanco”,  las de Raúl,  y agregaría que también las nuestras.  



Medellín, 04 de abril de 2014.

sábado, 29 de marzo de 2014

DOS POEMAS DE ENRIQUE DE SANTIAGO – CHILE – GRUPO DERRAME


Nacido en Santiago, Chile (1961). Artista visual, poeta, investigador, ensayista, curador y gestor cultural. Ha dictado charlas en diversas universidades, museos y centros culturales. Estudió Licenciatura en arte en la Universidad de Chile y en el Instituto de Arte Contemporáneo (Chile). Desde el año1984, que expone en muestras individuales y colectivas, contando a su haber alrededor de más de 80 exhibiciones. Es integrante y participa de las actividades del “Grupo Surrealista Derrame” desde el año 2004. En 2005 participó en la exposición Cono Sur, El viaje de los Argonautas en la Fundación Eugenio Granell (Santiago de Compostela, España) y co-organizó la exhibición “Phases-Derrame, la emancipación poética”, muestra del Movimiento Phases en Chile en la Galería Artium y en la Galería de Arte Contemporáneo Centro Norte. En el 2008 participa en la Exposición Internacional del Surrealismo “El Reverso de la Mirada” en Coimbra, exposición de Surrealismo actual. Ha colaborado en revistas como Derrame, Escaner Cultural  y Labios Menores en Chile, Brumes Blondes en Holanda, Adamar de España, Punto Seguido de Colombia, Styxus de Rep. Checa y otras publicaciones impresas y digitales. Del 2009 al 2011 co-organiza El Umbral Secreto, 16º Exposición Internacional del Surrealismo en Santiago de Chile, Antofagasta, Chillán y Valparaíso. Ha sido curador y gestor de exhibiciones en torno al Surrealismo y otras corrientes, organizando muestras de Ludwig Zeller, Mario Murua, Matta, Hernándo León, etc. En 2012 edita su primer libro de poesía “Frágiles tránsitos bajo las espirales.

Actualmente escribe “La historia del Surrealismo en Chile”. Desde el 2012 colabora en el libro “La Historia del Surrealismo” de Arturo Schwarz (por editarse en 4 tomos) “Historia del Surrealismo en Latinoamérica” de Floriano Martins (por editarse en Brasil y Colombia) y en “Historia de la Vanguardia Latinoamericana” de Floriano Martins, también por editarse en Brasil. Escribe para Almanac Surrealista, libro a editarse en Holanda con 2 artículos de mi autoría. Ha colaborado con su poesía además en el libro “War” en Texas, USA.







DE LO IMAGINARIO

De lo imaginario en ti
Nadie sabe diferenciar la hoja de la frondosidad que la rodea, esa inevitable verdad del espesor,
y como manadas las apologías se abren en estampida,
llevando furia por los intentos y las carencias,
nadie mira en el preciso lugar donde desafío al océano para llegar a las costas de tu invisibilidad
esa morada abisal donde abundan los pormenores de una premonición,
la que danza regando descargas de un sonido cadencioso
así como mis manos imaginarias,
que son como crótalos sobre tu cuerpo desnudo, serpenteando sobre tus pechos.
dejando huellas sobre la médula de tu sudor,
como en el dibujo del pliegue de esta quimera,
que rasga la luz,
y yo bebiéndome en ella, sin ventanas alternativas,
solo el aire denso del amar, que caía y subía,
despegando de los alientos como en los días invocados,
bajo la sorpresa que cimbra tu memoria,
donde como un mustélido entro sigiloso y horizontal, dentro del plasma
para quedarme habitando en la noche, en la oscuridad sempiterna de tu ausencia.
de donde nunca partiste,
y donde nunca has llegado.
El anagrama de mi nombre,
en las horas que cuelgan de la cúspide de la densa vacuidad,
entre llamados de cernícalos, y una risa en el cielo,
mudando mi piel,
a ver si esta grieta deja escapar del alma, algo más que un búho amistoso y sabio
algo como un códice indeleble,
que roce tu agonía,
la de la espera, del no saber,
de sentirse desconocidos de labios anónimos,
imbesables,
donde por lo pronto solo se encumbran nubes arriba,
como en Bombay,
pues no sabías que ellas algún día pasarían por casa,
trayéndome la lluvia de lo que fue tu esencia desplegada al aire,cubriendo dulcemente mi letanía doblada en forma de espiral



*****


EL MITO DE SÍSIFO III

Adentro,
una letanía desplazada de su centro,
afuera,
la ciudad sigue la ascensión,
como inmutables en su carnaval de bovinos atormentados,
cruzando las aceras que grises se conjugan
con el cielo gris,
como los trajes,
y las miradas presas de lo cotidiano,
Shambalha sepultada en una esquina en blanco y negro,
bajo surcos dejados por tantas vidas,
huyendo de licaones pictus al galope,
canidos de presa,
y chasquidos tras nuestros zapatos,
entonces corremos a la emboscada,
uno será el elegido,
para engrosar las cifras de la cesantía,
y colocarse como el siguiente, en una feria de sarcasmos,
sentados sobre el oro que robó Almagro,
y la Barrick Gold Corporation.

Desdichas otoñales,
llego al fin de la jornada, a mi cima auto impuesta,
sobrevivir,
sin saber mañana,
cuando ruedan los peñascos,
el mío y el de mis vecinos,
mientras atisbo tus ojos,
que portan la clemencia,
una hipérbole de dulces deseos,
que desova sus caricias para espantar el futuro,
ese, en un macizo nudo de seniles,
hijos de un oráculo de crótalos,
arrimados siempre al camino amurallado,
donde espero una salida,
un bufón colgado de su gorra en una puerta,
que diga por este lado,
y una puerta de libélulas,
antes de la dirección obligada,
que lleva a un callejón sin salida,
donde nadie se exime.
Para que llegue la hora de escaldar los sueños,
una suerte de fototropismo negativo para hundirse en el miasma,
la escala obligada de aquellos que pagan sus contribuciones,
sin tener retribución alguna,
habiendo perdido el lenguaje de los pumas,
con su forma ahogada en el progreso,
y su libertad extinta,
¿Te suena familiar?
¿A que hora sales mañana?
¿a que hora vuelves?
Dime si sabes el día en que la nebulosa se abraza a las alas de la luciérnaga,
por dentro del diseño me refiero,
hermanas en la luz,
y en cada ciclo del nitrógeno,
esperando posarse en los escritos paradójicos,
de una sabia anciana de Illapel,
mi abuela,
con su carga herbácea,
sabedora del orgasmo de los pistilos,
y de la hora en que ama la gallina,
para invocarla en su discurso secreto,
con su tono taciturno,
mientras con sus dedos arremolinaba mi pelo,
una suerte de menuda espiral logarítmica,
mientras mis ojos se expandían.

domingo, 23 de febrero de 2014

TRES POETAS INDÍGENAS DE COLOMBIA*








FREDY CHIKANGANA




Espíritu de pájaro

Estos son cantos a la madre tierra en tono mayor
son susurros que vienen de bosques lejanos
aquellas palabras esquivas que buscan ser gota en el
 corazón humano.

Son tonos suaves como si dijéramos:


“Vamos en silencio por los caminos húmedos de la   
vida
la hierba de la esperanza nos saluda entre la noche
                                                                      y sus sombras
nuestras huellas se abrazan a la tierra y el granizo canta
entre las hojas del árbol
somos el fuego de estrellas que se desprenden de la
 bóveda azul
anunciando el nuevo tiempo
aquí estamos tejiendo el círculo de la mariposa
 amarilla
sembrando agua en los lugares desiertos,
en fin, somos espíritu de pájaro en pozos del ensueño”.




De los ríos

Navegando sobre un río silencioso
dijo un hermano:
“Si los ríos pudieran hablar
cuanta historia contarían…”
Y alguien habló desde lo profundo de esa selva
misteriosa

“la historia es tan miserable
que los ríos prefieren callar…”



Breve tiempo

La candela devora los troncos
y luces multicolores de su cuerpo surgen
se desliza la brasa con su boca ardiente,
hay cenizas en el atardecer.
Sentado en un banco viejo
yo pienso:
en el tiempo, en el amor, en la muerte.



Raíces

Aroma de poleo en la montaña
nariz
consejos de taitas en el fuego
boca
caballos a la orilla del maizal
ojos
susurros en la noche oscura
oídos
palabras de tabaco y coca
pensamiento
huellas sobre huellas en el bosque
extraños
silencio de los hombres y mujeres
muerte
sangre entre la tierra
raíces
cuerpo
raíces







VITO APÜSHANA




Gente

Yo nací en una tierra luminosa.
Vivo entre luces, aún en las noches.
Yo soy la luz de un sueño antepasado.
Busco en el brillo de las aguas, mi sed.
Yo soy la vida, hoy.
Soy la calma de mi abuelo Anapule,
que murió sonriente...



kashii
(El Luna)

Las mujeres se adornan entre sí,
pintan los placeres por venir.
Kashii (El Luna) las penetra hacia la fertilidad. . .
les entrega el dolor-luz de la oscuridad. . .
las arroja al grito de la sangre sonriente. . .
Entonces, nosotros, nos convertimos en niños-
                 hombres… y
bajamos de los hombros de nuestras madres
para empezar a vivir… en el sembradío de la
                                                              prolongación.





HUGO JAMIOY




La historia de mi pueblo

La historia de mi pueblo tiene los pasos limpios de
mi abuelo, va a su propio ritmo.

Esta otra historia va a la carrera con zapatos prestados,
anda escribiendo con sus pies sin su cabeza al lado
y en ese torrente sin rumbo me está llevando.

Sólo quisiera verme una vez más en tus ojos abuelo,
abrazar con mis ojos tu rostro, leer las líneas que
dejó a su paso el tiempo, escribir con mis pies solo
un punto aparte en este relato de la vida.




Hoy

Hoy es el tiempo,
mañana
puede ser nunca.



Los pies en la cabeza

Siempre es bueno
tener los pies en la cabeza,
dice mi taita,
para que tus pasos nunca sean ciegos.



La luz de mis sueños

No es que esté ciego,
me están apagando la luz de mis sueños.




*Extractos de la antología "Herederos del canto circular", hecha por Ángela García.

Lina Plena

- RUEGO -


Vientos del este

marquen mi rumbo

con benévola indulgencia.

Qué no sea

el filo del hacha

Lo que

me aguarde

al doblar

la esquina.

 

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